LA SEMILLA DEL NUEVO ADÁN, LA VICTORIA DE ADONAI Y CRISTO. LA CRUCIFIXIÓN VISTA DESDE EL CIELO

Al toque de las trompetas de la guerra, los cielos enteros se estremecieron. Había llegado el día grande de la victoria de Adonai. La jornada fijada desde el principio de los tiempos para la liberación de Adán.

-Escuchad todos. Éste es mi Hijo Unigénito. En él, vuelvo hoy a crear al Hombre- exclamó el Todopoderoso, dirigiéndose a las miríadas de seres que pueblan el escabel de su trono.

Después, elevó los brazos y su majestuosa figura comenzó a desintegrarse para bajar a la Tierra y compartir espiritualmente los padecimientos de su Hijo. Primero sus dedos, y luego sus manos, se descompusieron en una lluvia de partículas doradas, que descendieron sobre Jerusalén trazando espirales luminosas.

-¡Ya está aquí el auxilio de Dios! ¡Ya llega la victoria de su Cristo! -gritaron a coro los arcángeles, blandiendo belicosamente sus espadas flamígeras.

Entonces en el patio de la Torre Antonia restalló el primer latigazo.

Miré y vi cómo el Hijo del Hombre se encorvaba bajo los golpes de los verdugos, mientras a su alrededor flotaban miles de pequeñas esferas de oro. Era el Espíritu Santo de Dios, que purificaba a su Ungido con un bautismo de Luz.

Cada vez que el látigo desgarraba la piel de Jesús, los corpúsculos luminosos penetraban en su cuerpo, formando corrientes de energía que fluían hacia el corazón, dónde giraban constituyendo un vórtice.

Cuanto mayores eran las llagas y los dolores del Hijo del Hombre, más luz recibía del Padre. Al terminar la flagelación, pues, su espalda entera era un manto dorado. El manto más esplendoroso que ha vestido jamás un rey.
Luego cuando le encajaron la corona de espinas, una nube de átomos refulgentes giró en torno a su cabeza y terminó transformándose en una esplendorosa diadema, que se le posó sobre las sienes.

-¡Al que está sentado en el trono
y al Cordero, alabanza,
honor, gloria y poder
por los siglos de los siglos! -clamaron en el Cielo las miríadas de ángeles que habitan ante la faz del Señor.
-Amén! -contestaron los cuatro vivientes más cercanos al Padre. Temblorosos, se postraron ante el sitial de Adonai, vacío para primera vez en la historia de la eternidad.

De nuevo miré hacia la Hijo del Hombre.
Cuando los soldados le cargaron con el madero, las partículas de luz siguieron penetrando en el dolorido cuerpo del Mesías, que se arrastraba por las calles recibiendo aluviones de golpes y bofetadas.
Roto por el cansancio, hundido bajo el peso de los bastonazos, en los ojos del Cordero de Dios lucía un brillo febril. Su sed no era sed de agua, su sed era sed de Luz… Sabía que al final del camino le esperaba la unión perfecta con el Padre.

Mientras, sobre los hombros tumefactos del Mesías, sobre su pecho y sus piernas laceradas, Adonai extendió una preciosa túnica que transmutar la sangre en rubíes y los cardenales en púrpura.

La fuerza del Todopoderoso no penetraba sólo en Jesús, sino también en cuantos sufrían con él. Una muchacha que acudió a limpiarle la sangre del rostro absorbió una de aquellas esferas doradas y se llevó la mano al pecho sorprendida.

Entre tanto, el Hijo del Hombre continuaba llenándose de energía divina. Cuanto peor se encontraba físicamente, más esencia del Padre había en él.
Cuando fue clavado en la cruz, el corazón de Jesús irradiaba el fulgor de mil soles. La energía del Universo recorría su cuerpo dibujando espirales de luz…

Entonces le alzaron. Y el Gólgota se convirtió en un ascua, en una gema iridiscente semejante a la pirámide del Padre en los Cielos… En su cúspide, elevado sobre una Tau de oro, el Mesías brillaba en todo su esplendor…

Por el contrario, los que al pie del patíbulo se mofaban de sus padecimientos semejaban arder en un fuego negro… Unas llamas alimentadas por la ira y el odio que jamás se apagarán.

Pasaron tres horas, y las esferas de luz seguían penetrando en los hombres y mujeres que sentían como propios los dolores del crucificado. Algunas de las bolas volaron hacia los discípulos y otras, hacia sus familiares que contemplaban compungidos su agonía.
– Mi cometido ha sido cumplido, Padre mío – gritó de pronto Jesús, presa de las angustias de la muerte. Y la energía de su espíritu se concentró en su corazón.

Sonó un trueno y una rutilante esfera roja- la Fuerza del Padre -se precipitó desde los cielos. Todo ocurrió en un instante… La esfera descendió como una centella, atravesó la cabeza del crucificado y, llegando al pecho, absorbió su esencia de vida y se elevó de nuevo hacia lo alto. Finalmente, rodeada de una luminosidad azul la esencia vital del Hijo se perdió, rauda entre las nubes…

Dios había descendido sobre el Gólgota para recoger lo que era suyo… Lo que era carne de su carne y Espíritu de su Espíritu. Entonces vino la explosión. ..

El espíritu de Jesús estalló de amor y, disgregado en millones de partículas de Vida, se expandió por toda la tierra. En ese instante, todos y cada uno de los hombres recibieron en su corazón una nueva semilla que habrían de transmitir à su descendencia: la simiente de los Hijos de Dios.

…continuará. .. ( porque falta una parte también importante)…

de semillasysalud Publicado en 3377

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